Aunque a veces digo basta,
en las noches de subasta, me la juego hasta ganar.
Siempre cinco para el peso,
y ahora ni torta ni pan. Ni este amor que nunca vio la luz...
Sólo me quedan recuerdos, de ese sueño momentáneo, viejos tiempos de adicción.
A planteos poco cuerdos, al placer del desengaño, a la dulce confusión.
Sólo me queda el consuelo de saberme muy tranquila,
yo ya sé que la peleé.
Me pensaba que era la ciega, me pensaba que era el pueblo,
que era el tuerto y que era el rey de este amor que nunca vio la luz.

















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